Tráfico ilegal de especies en peligro: las aves

El tráfico de especies de la flora y la fauna es uno de los negocios ilegales más lucrativos, después del de las drogas y las armas. La comparación resulta sorprendente cuando se piensa en las ingentes cantidades de dinero que generan las dos últimas. ¿Cómo es posible que las plumas de un ave, el colmillo de un rinoceronte o la piel de un felino puedan tener tanto valor en algunos mercados? La razón es bastante simple: modas, demanda y oferta; economía inescrupulosa pura y dura.


Como mencionamos en artículos anteriores, los mamíferos, especialmente sus partes (colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte a la cabeza), los reptiles, y el palo de rosa, constituyen el grueso de las incautaciones de fauna y flora, en volumen y en número de incidentes (casi 80% en conjunto). Les siguen, bastante lejos, los corales y las aves. A pesar de ello, no es despreciable el negocio del tráfico de ninguno de ellos. A diferencia de lo que ocurre con los mamíferos, las aves se trafican principalmente vivas por su valor en el mercado ilegal de mascotas. El mercado de sus partes, especialmente plumas, para la industria de la moda y la decoración, aún existe pero no alcanza los niveles de siglos pasados. Sin embargo, el contrabando de huevos es una modalidad relativamente frecuente en ciertos círculos como el de los coleccionistas de huevos y los criadores de ciertas aves. El comercio como alimento o con fines “espirituales” se circunscribe a lo local por lo general; sin embargo, hay excepciones, por ejemplo, existe un comercio ilegal reciente de colibríes disecados desde México hacia Estados Unidos, donde se venden en tiendas esotéricas y herboristerías.


Las aves han sido tratadas como mercancía desde hace siglos, pero su explotación comercial se disparó a mediados del siglo XIX. Desde entonces, cualquier negocio que pudiera hacerse con ellas se ha hecho, legal o ilegal. En tres décadas, desde 1950 a 1980, se exportaron legalmente, según las regulaciones locales de la época, millones de ejemplares de aves de varios cientos de especies desde Suramérica. No hay población que pueda resistir una explotación de tal envergadura.


La obsesión por las plumas en el siglo XIX


Las plumas de las aves forman parte de las costumbres ancestrales en muchas culturas. La plumería se utilizó en la decoración de santuarios, en atuendos y adornos desde tiempos remotos. Pero su uso en la industria de la moda, durante el periodo conocido como “el auge de la pluma” (plume boom en inglés) en el siglo XIX, no tiene parangón. La moda europea de los sombreros de plumas nupciales de garza blanca estimuló la caza indiscriminada de millones de ejemplares. Habiendo agotado las poblaciones en los lugares tradicionales de extracción en Europa, la mirada se dirigió a América, principalmente a los humedales de Florida (EE.UU.), los llanos venezolanos y colombianos, los humedales del Mato Grosso (Brasil) y el Paraná (Argentina).


La principal fuente de plumas nupciales fue la garza real (Ardea alba), pero también se sacrificaban garcitas blancas (Egretta thula), garzas morenas (Ardea cocoi) y azules (Florida caerulea). La diversidad y abundancia de aves en América era tal, que pocas especies se quedaron fuera del mercado: garzas paletas (Ajaia ajaja), garzas rojas (Eudocimus ruber), garzones (Jabiru mycteria), carraos (Aramus guarauna), gabanes (Mycteria americana) y hasta patos, entraron en la cadena de comercio para la industria sombrerera.



El comercio alcanzó tales niveles que se llegó a hablar de una “fiebre del oro blanco” pues el precio de las plumas no tenía mucho que envidiar al del preciado metal. Para 1924, medio kilo de plumas valía en Apure (Venezuela) entre 1.500 y 1.800 Bolívares (para ese entonces había paridad cambiaria entre el Bolívar y el Dólar americano). El kilo de plumón se cotizaba entre 6.000 y 8.000 Bolívares. Si se tiene en cuenta que una garza apenas suministraba 8 a 10 gramos de plumas, obtener un kilo de plumas nupciales suponía el sacrificio de entre 100 y 300 garzas en plena época reproductiva; las garzas solo exhiben las tan cotizadas plumas en la época de apareamiento y cría.


El daño a las poblaciones de garzas fue tremendo y cuesta creer que se hayan podido recuperar después de tales pérdidas en la época más sensible de su ciclo de vida. Se estima que en poco más de 20 años, entre 1890 y 1913, se mataron 8,4 millones de garzas reales y 1,5 millones de garzas chusmitas, solamente en Venezuela. Las cifras que aportó el Ministerio de Hacienda venezolano para la década entre 1910 y 1919 son espeluznantes: se exportaron 13.438.099 kilos de plumas (de 100-300 garzas por kilo, saque usted la cuenta). Dos terceras partes de las plumas suramericanas iban a Francia, el resto se repartía entre Gran Bretaña, Alemania, Italia, Holanda, y ocasionalmente Bélgica y España. También existía un fuerte comercio hacia los Estados Unidos, porque los modistos neoyorquinos no se quedaban atrás frente a los europeos.


Debido a los niveles escandalosos que alcanzó el comercio en Venezuela, en 1896 se promulgó una Resolución que reglamentaba la caza de aves. Pero hubo que esperar hasta 1917 para tener una ley específica, la Ley de Recolección y Explotación de las Plumas de Garza. Casi dos décadas antes, se promulgó en Estados Unidos la Ley Lacey que prohibía el comercio de vida silvestre que se hubiera obtenido ilegalmente. Una de las principales motivaciones de esta ley fue precisamente la caza excesiva de aves para la sombrerería. Aunque estas leyes ayudaron, el comercio de plumas solo se detuvo a consecuencia de la depresión económica de segunda década del siglo XX y a los cambios en la moda euroamericana.


Cuando las plumas de garza dejaron de ser rentables, el mercado se centró en las plumas de colibrí para confeccionar adornos femeninos. En 1932, se enviaron 25.000 colibríes desde Brasil a Italia para adornar cajas de chocolate. Nuevamente se repitió la historia: a la sobre explotación le sobrevino el colapso de las poblaciones y del comercio. Pero las garzas y los colibríes no fueron las únicas víctimas de las plumerías. El negocio de las plumas de avestruz fue muy rentable a partir de 1880, pero ya existía desde mediados del siglo. Las aves del paraíso no se escaparon del comercio, y se estima que entre 1905 y 1920 se exportaron a Europa, entre 30.000 y 80.000 pieles al año. Solamente en el invierno de 1986-87 se sacrificaron más de 40.000 charranes (Sternidae) en Cape Cod (Massachusetts).


La obsesión por las aves como diversión


La decadencia de la fiebre de las plumas no significó de modo alguno el cese del comercio ilegal de aves. En el presente, se comercializan de forma ilegal 1,5 millones de aves vivas cada año para el mercado de mascotas. Los psitácidos (guacamayas, loros, yacos, papagayos, periquitos, cotorras, cacatúas) representan casi 90% del comercio ilegal. En el 10% restante se hallan aves de rapiña, tucanes, aves canoras, faisanes, pinzones y más.



Hay mercado para casi todos los grupos de aves, todo depende de las modas que el ingenio humano fabrique. Por ejemplo, en Guyana y Surinam, algunas regiones de Brasil y Trinidad y Tobago son muy populares, entre los hombres, los concursos de canto de aves. Los mejores cantantes son los machos de los semillerosSporophila crassirostris y S. angolensis, cuyas poblaciones han sido reducidas hasta el límite de la extinción en Guyana y Surinam por alimentar esta costumbre. El interés ahora está puesto en una especie más asequible, el canario de montaña Sporophila plumbea. Las tres especies se contrabandean también desde Venezuela hacia Guyana y allí se exportan. Esta diversión mueve mucho dinero a través de las apuestas y del comercio ilegal de estas aves, y ya ha llegado a Estados Unidos y Europa (Países Bajos principalmente).


La obsesión por la cetrería en algunos países del Medio Oriente, y la opulencia económica de los interesados, también estimula el comercio legal y el ilegal. Las cifras que se pagan por las rapaces son astronómicas, incluso en el mercado legal de criadores. En Doha (Emiratos Árabes Unidos), un criador autorizado vendió una hembra de gerifalte blanco (Falco rusticolus), la rapaz más grande del mundo, en más de 160.000 Euros. A pesar de la intensa cría en cautiverio, el contrabando de rapaces se mantiene porque muchos cetreros piensan que las aves silvestres son más hábiles y atractivas que las de cría. Esta manía ha llevado al halcón sacre (Falco cherrug) al borde de la extinción. En muchos casos el tráfico de rapaces se concentra en los huevos, provenientes del saqueo de nidos, porque son más fáciles de obtener y transportar que los individuos adultos.


El principal medio de transporte de aves vivas es el avión porque son animales delicados que exigen trayectos de corta duración. Esto de ninguna manera significa que viajen en primera clase. Las aves se colocan en cilindros de papel higiénico, rollos para el cabello, botellas plásticas, calcetines, pantimedias, botas de pantalones acondicionadas con ese propósito y un sinfín de artilugios. Luego son empacadas por lotes en fondos falsos en maletas y bolsos de mano, cajas de embalaje y demás equipajes. Allí permanecen horas o días soportando temperaturas inadecuadas, sin agua ni alimento; si a esto sumamos que las aves son muy susceptibles a los efectos del stress, el cuadro es desolador. Las condiciones de transporte son deplorables y la tasa de muerte puede llegar al 50%. Los individuos que llegan a destino no necesariamente sobreviven. A esto hay que añadir las muertes que ocurren durante la captura y entre la captura y la entrega a la “mula”, el traficante que la llevará a su destino. A vuelo de pájaro, y nunca mejor dicho, el comercio ilegal es una carnicería de despojos en la que se pueden llegar a perder las dos terceras partes de los individuos capturados.


Los psitácidos suramericanos a la cabeza del tráfico ilegal


La principal región exportadora de psitácidos, y de aves en general, es Suramérica. Perú, Brasil, Colombia y Ecuador son los principales proveedores; Guyana y Surinam también participan en la extracción y son los principales puntos de salida de las aves. No es casual que Suramérica esté en el corazón del comercio ilegal de aves: 40% de las especies del planeta viven temporal o permanentemente en la región. Además, 7 de los 10 países con mayor diversidad de aves del planeta están en Suramérica; y más aún, los 3 primeros (Colombia, Perú y Brasil) están en el subcontinente. Estados Unidos sigue siendo un destino importante para las aves de contrabando de Suramérica; Europa y Asia tienen mercados substanciales de aves suramericanas y de otras regiones también, principalmente de África, Asia y Oceanía. En Europa, España es un punto caliente de entrada de aves ilegales.


Casi la totalidad de las especies de psitácidos del mundo se encuentran en algún Apéndice de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES por sus siglas en inglés). En el Apéndice I se han incluido 55 especies y el resto, a excepción de cuatro especies, están en el Apéndice II. El comercio internacional de todas las especies de flora y fauna incluidas en el Apéndice I está prohibido, salvo en casos muy bien justificados. Sin embargo, el tráfico ilegal de muchas de ellas aún persiste.


La mayoría de los psitácidos suramericanos en peligro de extinción lo está por una combinación de factores, la más frecuente es la pérdida del hábitat (como principal) aderezada con el tráfico ilegal, local o internacional. Entre las especies afectadas por esta mezcla fatal destacan los casos de la guacamaya de Spix, Cyanopsitta spixii, que ostenta el triste privilegio de estar declarada como Extinta en Vida Silvestre (EW); y la guacamaya glauca, Anodorhynchus glaucus, clasificada En Peligro Crítico / Posiblemente Extinta (CR).



Unas cuantas especies están en peligro única o principalmente a consecuencia de la captura de individuos y el saqueo de los nidos. Por ejemplo, para el guacamayo de garganta azul, Ara glaucogularis, y el paraba de frente roja, Ara rubrogenys, ambos nativos de Bolivia, el saqueo de nidos y tráfico ilegal fueron decisivos en el declive de poblacional hasta mediados de la década de los 80. Sus poblaciones no se han recuperado y ambas especies se encuentran en Peligro Crítico (CR). Aunque su comercio redujo drásticamente a finales del siglo XX, se siguen encontrando ejemplares en los decomisos y en mercados locales de mascotas. Tristemente, el guacamayo de garganta azul es la única especie para la que se reconoce también un impacto negativo de la extracción de plumas para los adornos de algunas etnias indígenas a nivel local. Actualmente, el deterioro del hábitat se suma a la debacle que ya había causado el comercio ilegal.


El periquito del sol, Aratinga solstiatilis, nativo de Guyana y el noreste de Brasil, tiene una historia similar a los anteriores. Era muy común en los años 70, pero ha estado sometido a una captura tan brutal en los últimos 20 años que ya no es posible encontrarlo en la mayor parte de su distribución original; donde todavía permanece es muy escaso. Se ha extraído intensamente desde Guyana, y exportado, hasta el límite de la extinción local. Los cazadores se han desplazado hacia la frontera con Brasil para comprar más aves y seguir satisfaciendo la demanda internacional. Se estima que quedarían, a lo sumo, 2.490 individuos, y las poblaciones continúan en descenso. Todo esto ha llevado a catalogarlo como Amenazado (EN).



El loro vináceo, Amazona vinacea, es extremadamente escaso en toda su distribución (Paraguay, Brasil y Argentina) y se ha catalogado como Amenazado (EN) y en descenso. Se estima que solo quedan entre 2.000 y 2.700 individuos. En muchas localidades de su antigua distribución no se han avistado individuos desde hace una década. El declive acelerado de las poblaciones se atribuye principalmente al saqueo de los nidos; la destrucción del hábitat ha hecho el resto. Las parejas son muy fieles a las cavidades de nidificación lo que las hace muy vulnerables al saqueo continuado de las nidadas.


El loro tucumano, Amazona tucumana, es otro loro nativo del noroeste de Argentina y el sur de Bolivia, catalogado como Vulnerable (VU). A finales de los años 80 se llegaron a exportar unos 20.000 individuos desde Argentina. Después de ser incluido en el Apéndice I de CITES se detuvo el comercio internacional, pero las poblaciones no se han recuperado del expolio al que fueron sometidas en el siglo XX. A este daño inicial se suma ahora el efecto de la pérdida de hábitat. Aunque la población total puede estar entre 6.000 a 15.000, un número quizá elevado en comparación con los de otras especies, es solo una fracción de la población original.


El papagayo verde o militar, Ara militaris, cierra esta breve reseña. A diferencia de otros psitácidos, tiene una distribución amplia, pero discontinua, desde México hasta Argentina y Bolivia. Sin embargo, esto no lo ha librado del peligro; está catalogado como Vulnerable (VU). En la década de los 90, los principales proveedores de adultos y pichones para el comercio ilegal fueron México y Bolivia. Entre 1995 y 2005 fue la quinta especie en las confiscaciones de aves en México, y entre 2007 y 2010 fue la cuarta. Aunque es una especie protegida frente el comercio, incluso legal, la presión sobre sus poblaciones no cesa. Se estima que quedan entre 2.000 y 7.000 individuos en toda su área de distribución, una cifra alarmante.


A pesar de este panorama no muy halagüeño, el último informe de TRAFFIC (2017) Avista de pájaro: lecciones de 50 años de regulación y conservación del comercio de aves en los países amazónicos” evidencia una disminución en el comercio ilegal de aves provenientes de la región amazónica. En el informe se analiza la evolución del tráfico de aves exóticas en seis países (Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Surinam) desde que se prohibió en 1960 y hasta 2016. Paradójicamente, el comercio legal ha disminuido principalmente debido a la cría en cautividad de muchas de las especies en los países consumidores.


También hay ejemplos de buenas noticias. Por ejemplo, el loro cabeciamarillo o cotorra margariteña, Amazona barbadensis, nativo de zonas áridas del norte de Venezuela, las Antillas venezolanas, Bonaire, Aruba y Curazao, ha estado en peligro de extinción desde finales del siglo XX. Probablemente se extinguió en vida silvestre en Aruba y Curazao, pero en el resto de su distribución pasó de amenazado (EN) en 1988 a Vulnerable (VU) entre 1994 y 2017, y a Casi Amenazado (NT) en la actualidad, gracias a un programa de conservación de más de 30 años. Todavía persiste el saqueo de nidos para el mercado de mascotas y la destrucción de su hábitat, y aunque falta mucho para asegurar la preservación de esta especie emblemática, los resultados son esperanzadores.



Los psitácidos asiáticos también están amenazados por el comercio


Los psitácidos enfrentan los mismos problemas en todas las regiones donde habitan, pero en el sur de Asia, especialmente en Indonesia, la mayoría de las especies en peligro, lo están específicamente por la extracción de individuos para el mercado de mascotas, local e internacional. En el comercio destacan las cacatúas, unas aves emblemáticas de la región y quizá, los psitácidos más conocidos por el público general. Han estado presentes en películas y series de televisión en todo el mundo.


Las cacatúas de Filipinas, Cacatua haematuropygia, fueron capturadas durante décadas; en los 80 se negociaron (legalmente según las normas del momento) grandes números de individuos en el mercado internacional de mascotas. A pesar de estar incluida en el Apéndice I de CITES, el comercio continuó entre 1997 y 2006, estimulado por el incremento del precio de los pichones. Esto, a su vez, intensificó el saqueo de los nidos; todo nido accesible fue vaciado. Se estima que la especie se ha extinguido en más de 80% de su distribución original, por la sumatoria de una serie de factores antropogénicos y naturales (por ejemplo, el efecto de tormentas y huracanes). La extracción ha cesado en varias localidades debido a la escasez de individuos. Actualmente se encuentra en Peligro Crítico (CR); su población se estima entre 430 y 750 individuos y está en descenso.



La cacatúa de cresta amarilla, Cacatua sulphurea, nativa de Indonesia y Timor Oriental, también se encuentra en Peligro Crítico (CR). Las poblaciones han declinado abruptamente debido, casi exclusivamente, a la extracción para el mercado de mascotas; se estima que solo quedan entre 1.200 y 2.000 individuos, y los números siguen en descenso. Aunque las exportaciones son ilegales desde 1994, la vigilancia ha sido pobre y el tráfico continúa. Por ejemplo, en 2015, se decomisaron 21 cacatúas de cresta amarilla y un loro verde en Java Oriental; el contrabandista las había metido en botellas de agua en su equipaje.



El lori azul y rojo o lori de las Sangihe, Eos histrio, es otra especie endémica de Indonesia que otrora fue muy abundante; ahora solo se encuentra en las Islas Talaud. En 1999, 80% de las aves extraídas de la isla Karakelong, la mayor de las Talaud, hacia Filipinas era ilegal. A pesar de las restricciones al comercio, el tráfico se mantiene. La población se ha reducido en 50% en dos décadas y la especie está catalogada como Amenazada (EN) y en descenso (quedan 5.500 a 14.000 individuos).


La cacatúa de Las Molucas,Cacatua moluccensis, se explota en grandes números desde los años 80 y se estima que, entre 1981 y 1990, salieron de Indonesia 74.500 individuos. Aunque el comercio internacional legal se detuvo, los cazadores siguen extrayendo ejemplares porque aún se venden abiertamente en Indonesia. Está catalogada como Vulnerable (VU).


Otras especies de psitácidos asiáticos amenazadas principalmente por las capturas para el mercado de mascotas son: el lorito momoto de Luzón, Prioniturus luconensis (EN) y el loro de lomo azul o loro de Müller, Tanygnathus everetti (EN) ambos de Filipinas; el lori pechiescarlata, Trichoglossus forsteni (EN) nativo de varias islas de Indonesia; la cacatúa blanca, Cacatua alba (EN) también de Indonesia; y el eclecto de Sumba, Eclectus cornelia (EN). La historia se repite con cada especie que se encuentra en los decomisos en aduanas y mercados. La lista negra de especies víctimas de este flagelo es más larga de lo que quisiéramos.


Otras aves amenazadas por el comercio ilegal


Merece una mención especial una ave canora extensamente traficada en Suramérica; el cardenalito, Carduelis cucullata. Se encuentra principalmente en Venezuela, y marginalmente en Guyana y Colombia. El cardenalito fue lanzado al comercio de aves canoras al inicio del siglo XX. Por mucho tiempo se ha utilizado para la hibridación con otras especies de pinzones y canarios, para mejorar el canto y la apariencia de los híbridos. El comercio ilegal se ha mantenido a pesar de que se encuentra incluido en el Apéndice I de CITES. En la década de los 80 se podían llegar a pagar hasta 1.000 dólares por un individuo. Durante varias décadas se ha intentado recuperar las poblaciones de cardenalitos a través de planes de reproducción ex situ, la protección de su hábitat, la educación ambiental y la intensificación de la vigilancia y el cumplimiento de la legislación vigente en Venezuela. Es difícil saber cuántos cardenalitos quedan en vida silvestre en Venezuela, algunas estimaciones indican 300 y otras 3.000, pero cualquiera sea el número real, resulta ridículo frente a los 3 millones que había a inicios del siglo XX. Salvar al cardenalito requiere hoy por hoy un esfuerzo titánico.



Entre los paseriformes de Indonesia, el estornino de Bali, Leucopsar rothschildi, se encuentra en una situación desesperada; ha sido llevado al borde de la extinción debido a la extracción ilegal. Fue descubierto y descrito en 1912 y para 1990 solo quedaban 15 individuos. Sin embargo, aunque parezca inverosímil, la amenaza del comercio ilegal continúa porque su valor en el mercado no deja de crecer. Se trata de un estornino peculiar: plumaje blanco con la punta de la cola y de las alas en negro, ojos bordeados de piel desnuda de color azul, y plumas largas que cuelgan de la nuca. Gracias a acciones de conservación y reintroducción el número de individuos en vida silvestre ha crecido ligeramente en los últimos 20 años. La especie está restringida a un parque nacional, pero ni aun así está segura; los individuos entran por un lado y salen en maleta por el otro. La actividad de los cazadores es tan descarada que, en 1999, una banda de contrabandistas robó 35 individuos que iban a ser liberados en el parque. El estornino de Bali seguramente será acorralado hasta su extinción en vida silvestre, algo para nada imposible si se tiene en cuenta que quedan menos de 100 individuos en vida silvestre y que está en Peligro Crítico (CR).



Esta lista es apenas una muestra que permite atisbar la amenaza que representa el tráfico ilegal para las aves; es solo la punta de iceberg. No es difícil encontrar más ejemplos en otros continentes y en otros grupos de aves en peligro. La gran interrogante es hasta cuándo se mantendrá el negocio. La tasa de ingreso de especies de aves a la Lista Roja de la UICN es un claro indicador de que las acciones de control y conservación de las poblaciones no tienen el impacto esperado. Al comercio ilegal se suman los efectos del cambio climático, la deforestación, la conversión de tierras, la fragmentación del hábitat y la creciente presencia humana en áreas remotas que hasta hace poco habían estado protegidas, sea con fines turísticos o de extracción de sus recursos. El futuro de muchas especies de aves es incierto, igual que el nuestro.


Las leyes no son suficiente para detener el comercio ilegal


El tráfico de vida silvestre es una actividad cuestionable desde el punto de vista ético, degradante para el ser humano, nefasto para la economía de los países y destructivo para el planeta. En el tráfico de especies solo se benefician las mafias. Los países pierden importantes sumas de dinero en impuestos porque los ejemplares traficados evaden las regulaciones de exportación e importación, en caso de estar autorizadas. Los cazadores furtivos reciben migajas por una actividad cuyo lucro solo lo perciben los que están al final de la cadena de suministro. El ansia por colectar los ejemplares lleva a los cazadores a caer en prácticas destructivas como la tala de árboles y hasta el fuego. Esos ejemplares muchas veces son capturados poniendo en peligro la vida del mismo saqueador. Los cazadores, típicamente, son personas que viven en los alrededores de los ecosistemas que diezman para obtener una miseria por los ejemplares que suministran. Paradójicamente, los cazadores son los primeros en sufrir las consecuencias de la destrucción de su entorno natural. Se trata de una actividad que recuerda mucho a la imagen de la serpiente que se muerde la cola.


El tráfico de vida silvestre es un delito y muchas personas involucradas en él son detenidas y juzgadas todos los años. Pero para frenarlo es necesario trabajar al menos en tres frentes: reforzar la legislación y mejorar su aplicación, aumentar la cooperación internacional y reducir la demanda. Es necesario imponer sanciones acordes al daño que causa el contrabando de vida silvestre y al lucro que genera. Debemos dejar de ver el tráfico de vida silvestre como un delito de segunda y colocarlo en la categoría que merece: una de las principales actividades delictivas a nivel mundial y una amenaza para la seguridad económica y social de los países.


Es fundamental fortalecer la vigilancia y promover la aplicación de las leyes en todos los eslabones de la cadena. Las especies que llegan a un país salieron de otro, y de poco sirve que la vigilancia sea intensa en un extremo y débil en el otro. Lograr que la vigilancia sea uniforme requiere inversión de tiempo, dinero y recursos humanos a todos los niveles. Los países ricos tienen el deber de ayudar a los menos favorecidos en este proceso. Finalmente, si no se modifican los hábitos de consumo, de poco servirá todo lo demás. Siempre que haya demanda de un producto habrá quien esté dispuesto a suplirla. Es indispensable investigar quién suministra y quién compra los productos de vida silvestre y por qué lo hacen, y luego, trabajar en políticas socioeconómicas que mejoren las condiciones de vida de la comunidades más tentadas a la extracción ilegal. Sin duda, también se necesitan políticas de educación en general y ambiental en específico, que ayuden a cambiar la actitud de las personas hacia la vida silvestre.

Autora: Zaida Tárano Miranda (Colaboradora Provita Internacional).


Créditos fotos: Garza real con plumaje nupcial, Frank Schulenburg vía Wikimedia Commons Aves en un mercado de Hong Kong, Michael Elleray vía Wikimedia Commons

Guacamaya de Spix, Etna 1984 vía Wikimedia Commons Periquito del Sol, turtlemom4bacon vía Wikimedia Commons Loro cabeciamarilla, Thinkforlife vía Wikimedia Commons Cacatúa de Filipinas, Benedict De Laender / anónimo vía Wikimedia Commons Cacatúa de cresta amarilla, Charles Lam vía Wikkimedia Commons Cardenalito, Gerhard Hofmann / Siskini vía Wikimedia Commons Estornino de Bali, David J. Stang vía Wikimedia Commons Loros vináceos, Maarten Nijman vía Wikimedia Commons

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