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Día mundial de la prevención de los incendios forestales

El 18 de agosto se celebró el Día Mundial de la Prevención de los Incendios Forestales. Este año lo hemos vivido en medio de una ola de incendios sin precedentes en varias regiones del planeta. A finales de julio ocurrieron varios incendios casi simultáneos de gran magnitud en la Cuenca del Mediterráneo, desde Argelia y Túnez hasta Italia. Un mes antes, el humo y las cenizas provenientes de los incendios en el norte de Canadá llegaron a Europa, y ahora se inicia otra ola con más de 1000 incendios activos. Hace solo unos días se inició el incendio más devastador en 150 años en la Isla de Maui (Hawái), y actualmente se mantiene fuera de control un incendio en la Isla de Tenerife (Canarias) que ya ha arrasado 17.000 hectáreas de bosque. La mitad sur de África es un polvorín de incendios, solo Botsuana, Namibia y Sudáfrica están relativamente despejados (se pueden consultar los incendios activos en tiempo real en GeaMap.com). Suramérica, el sureste de Asia, Australia y EE.UU. también sufren lo suyo. Islandia tiene un incendio activo e incluso la Península de Yamal en Rusia, a 70° N, también tiene algunos incendios activos. Vista desde el aire, la Tierra es un planeta azul cubierto de humo.



El Día Mundial de la Prevención de los Incendios Forestales se creó para generar conciencia sobre la necesidad de prevenirlos y resaltar el esfuerzo de los equipos de bomberos y brigadas forestales que trabajan para extinguirlos. Nunca más oportuno que ahora tener en cuenta este día. Los días mundiales se crean para sensibilizar a la sociedad sobre temas de interés relacionados con los derechos humanos, la cultura, la salud o el medio ambiente.


El fuego es parte de la dinámica de los ecosistemas hasta cierto punto


Los incendios de vegetación han ocurrido desde que existe la vegetación terrestre. Las tormentas eléctricas con sus rayos fulminantes existen mucho antes de que el Homo sapiens descubriese los favores del fuego y cómo controlarlo. Pero las últimas décadas nos han permitido presenciar, con estupor, los incendios forestales más terribles de los que se tenga registro y memoria. Por más que en algunas regiones los incendios estacionales de origen natural (no humano) sean algo habitual o normal, la frecuencia y la virulencia de esos incendios aumenta año a año.


Las causas de los incendios forestales son múltiples, en algunas participa directamente el ser humano y en otras lo hace indirectamente. Aunque los rayos ocasionan un número importante de incendios en algunas regiones del planeta, la mayoría de esos incendios ocurren en viviendas e infraestructuras civiles, y solo una proporción muy pequeña corresponde a incendios forestales. En cambio, más de 90% de los incendios cuya causa logra determinarse se debe a la acción directa del ser humano. Podemos mirar para los lados, invocar los efectos del cambio climático con olas de calor sin precedentes, sequías prolongadas y lluvias cada vez más intensas pero espaciadas en el tiempo, pero no podemos evadir la responsabilidad directa de las personas. Ciertamente, la confluencia de los dos factores, el climático y el humano, es la principal sospechosa de la virulencia de los incendios que observamos desde hace algunos años. Pero la sustitución de vegetación autóctona por plantas más susceptibles a quemarse, la modificación del paisaje y la gestión deficiente de los bosques son otras causas que se esgrimen en muchos casos.


El fuego, per se, no es malo ni bueno. Es simplemente un elemento más en la dinámica de los ecosistemas naturales. El fuego libera rápidamente los nutrientes presentes en la vegetación seca y verde y favorece los procesos de regeneración vegetal. Sin embargo, con la creciente virulencia y frecuencia de los incendios, el fuego ya no es una aliado de los ecosistemas, o cuando menos, ya no es un fenómeno ante el cual tienen capacidad de responder y recuperarse. Hoy por hoy, los incendios forestales representan una amenaza creciente para las personas, la biodiversidad y los procesos geomorfológicos del suelo.


Cifras en aumento a nivel local y mundial


Si tomamos a España como ejemplo, las estadísticas muestran un incremento en el número total de incendios, en el número de incendios graves (los que afectan a más de 500 hectáreas) y en el número de hectáreas quemadas, sin mencionar el coste material. La pérdida de vidas humanas se ha reducido desde mediados del siglo XX gracias a los sistemas de detección y evacuación temprana.


En España, en 2012, uno de los peores años de lo que va de siglo, se quemaron 216.194 hectáreas y se contaron 41 grandes incendios forestales. En 2017, otro año tristemente célebre, se quemaron 174.788 hectáreas, 55% de las cuales fueron arrasadas por 52 incendios grandes. En 2022 se quemaron 270.000 hectáreas y se produjeron 57 grandes incendios. Las cifras fluctúan, por supuesto; por ejemplo, en 2016 se quemaron “solo” 85.978 hectáreas (19 grandes incendios). Hasta julio de 2023, se han quemado 64.000 hectáreas, y estas cifras lo colocan en el tercer lugar después de 2022 y 2017. A la publicación de este artículo está activo un gran incendio en la Isla de Tenerife, que afecta ya 3.797 hectáreas de bosque. La relativa buena noticia es que en el bosque afectado domina el pino canario (Pinus canariensis), una especie que ha evolucionado con el fuego y sobrevive a él. Pero todo lo demás, macro y micro fauna y flora, no tienen la misma suerte.


Saliendo de España, los registros del Centro Nacional Interinstitucional de Incendios (NIFC por sus siglas en inglés) para lo que va de siglo, indican un aumento en el número de incendios forestales y la superficie quemada. Entre 2000 y 2009, el peor año fue 2005 con 37.206 incendios y 1.747.657 hectáreas afectadas. Entre 2010 y 2019 el peor año fue 2015 con 36.264 incendios y 2.317.568 hectáreas. Entre 2020 y 2022, el peor año fue 2022, con 39.226 incendios y 2.311.938 hectáreas quemadas. De los 10 años con valores por encima del promedio, 8 corresponden al periodo 2010-2022. Las cifras muestran una tendencia creciente en ambas variables, pero especialmente en la superficie afectada; los incendios grandes representan una porción cada vez mayor del total.


El incendio activo en Maui (Hawái) es de tal envergadura que se le cataloga como el peor desastre natural de EE.UU. del último siglo, y ¡vaya que ha habido desastres de proporciones épicas en los últimos 100 años! (por ejemplo, el huracán Katrina). Las causas del carácter desbocado de este incendio son diversas: la sequía y los vientos han jugado un papel fundamental en la propagación, pero la sustitución de la vegetación nativa por gramíneas propensas a los incendios tiene mucha responsabilidad. Sea aquí o allá, está claro que el fuego ya no se comporta como antes.



Podemos prevenir porque somos parte de la causa


La mejor estrategia para evitar las consecuencias de los incendios forestales es la prevención, y lo es porque como ya hemos indicado, la mayor parte de los incendios forestales son provocados, intencionalmente o por descuido, por el ser humano.


Las normas básicas de prevención dependen del tipo de actividad que se realiza en las zonas forestadas, pero todas comparten los mismos principios. Así, durante las excursiones y acampadas, es fundamental no arrojar colillas ni basuras que puedan provocar incendios, y no hacer fogatas en épocas de sequía o calor extremo aunque estén permitidas en la zona. Cuando nos desplazamos en vehículo debemos usar el cenicero para colocar las colillas en lugar de arrojarlas por las ventanillas; tampoco debemos arrojar desperdicios que puedan favorecer el inicio de un incendio.


Cuando se vive en una zona rural, en la cercanía de un bosque, es necesario mantener los cortafuegos y los caminos limpios. Pero incluso si se vive en una zona urbana, se recomienda mantener los jardines libres de hojarasca seca y evitar la vegetación excesivamente frondosa, porque de caer una chispa generaría un incendio importante muy cerca de la vivienda. En las zonas rurales se debe evitar quemar rastrojos en días ventosos y a las horas de mayor calor, vigilar la quema todo el tiempo hasta que se apague. Si la vivienda tiene chimenea, y aunque no sea obligatorio, debería tener mata-chispas; muchos incendios forestales se inician por esa causa. La ceniza de las chimeneas también debe estar completamente apagada antes de disponer de ella en el exterior. En las épocas de riesgo de incendio, se debe evitar el uso de maquinaria que pueda producir chispas como motosierras, desbrozadoras, segadoras y soldadoras.


Sea en el campo o en la ciudad, no deben arrojarse fuegos artificiales en las épocas de riesgo, y mucho menos los globos de mechas. Si vemos humo elevándose en un área natural debemos avisar al número de emergencia local de inmediato pues la acción temprana aumenta la probabilidad de éxito de los trabajos de extinción. Como podemos ver, son medidas sencillas y de sentido común.


A nivel gubernamental, cada país puede establecer entidades de prevención de incendios forestales ajustadas a su realidad. En España, existen, entre otros, los Equipos de Prevención Integral de Incendios Forestales que dependen del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). Su trabajo consiste en conciliar los intereses de los distintos grupos de personas que tienen relación directa con los bosques. Se encargan de proponer y aplicar medidas que sirvan para controlar y mejorar la vegetación, mientras se respetan los usos tradicionales de la población rural. Estos equipos también se implican en las campañas de sensibilización y concienciación, y en el asesoramiento técnico. Por su parte, las Brigadas de Refuerzo de Incendios Forestales, también dependientes del MITECO, promueven la silvicultura preventiva, entre otras acciones. Con ella se busca adaptar las masas forestales a situaciones de sequía prolongada con el fin de minimizar, en la medida de lo posible, el riesgo de incendio.



Como el principal causante de los incendios forestales es el ser humano, las campañas de sensibilización son una de las herramientas más útiles en la prevención. Estas campañas tienen como objetivo alertar a todos los ciudadanos sobre los peligros de los incendios forestales y llamar a la responsabilidad de toda la población. La meta final es que mostremos conductas preventivas y respetuosas con los bosques.


Las pequeñas acciones personales y las acciones de entidades gubernamentales y las ONGs son ineludibles e importantes, pero sin un cambio en las políticas de manejo de los bosques y de los ecosistemas rurales, en general, estaremos siempre remando contra corriente y el avance será mínimo. Es necesario reducir la tasa de modificación del paisaje, abandonar las prácticas de sustitución de especies silvícolas autóctonas por especies exóticas de crecimiento rápido, muchas veces más combustibles que las locales, y diseñar planes de manejo de los espacios naturales acordes a las exigencias de los escenarios actuales. Al final, lo sepamos o no los bosques son recursos fundamentales para la vida, la nuestra y la de muchas otras especies, y su conservación es de vital importancia. Desde la regulación del clima, la captura de CO2, la protección de las reservas de agua hasta la cura de muchas enfermedades dependen de los bosques. Como reza un adagio antiguo “es mejor prevenir que lamentar”.


Créditos fotos:

Incendio forestal Salam2009 en Wikimedia Commons

Bosque de álamos chamuscados tras el incendio de Beaver Creek (Idaho, EE.UU.) por U.S. Department of Agriculture – Lance Cheung en Wikimedia Commons

Ramas con follaje por Paul Hudson en Wikimedia Commons


Autora:

Zaida Tárano Miranda

Divulgadora Científica

Colaboradora Provita Internacional

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