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Las termitas en la balanza

Las termitas o comejenes son un grupo de insectos relativamente diverso, aunque el número exacto de especies es incierto (entre 2750 y 3106 especies según la fuente consultada). La mayor parte de ellas habita en África, pero se las puede encontrar en muchos ecosistemas tropicales y subtropicales, entre los 50° N y los 45° S. Aunque en general son insectos pequeños, de 4 a 15 mm de longitud, algunas especies son realmente formidables. La reina de Macrotermes bellicosus puede llegar a medir hasta 10 cm. Su tamaño, sin embargo, no ha sido impedimento a su movilidad planetaria. Algunas especies de kalotermítidos han viajado muchas veces desde América del sur hasta África, a través del océano, en los últimos 50 millones de años; y algunos nasutiformes lo han hecho desde América del sur a Australia. ¿Cómo ha sido posible? Pues, en “balsas” de madera, por supuesto.


Las termitas son coloniales y forman sociedades complejas análogas a las que se encuentran en muchas abejas, hormigas, algunas avispas y algunos áfidos, por mencionar solo a los insectos. Las colonias están constituidas por una pareja real (dedicada únicamente a la reproducción), obreras estériles (dedicadas a todas las actividades de mantenimiento de la colonia) y soldados (dedicados a la defensa y protección de la colonia).



Las termitas construyen nidos (termiteros) subterráneos, arbóreos o epígeos (sobre la superficie) según la especie, en los que pueden vivir desde de miles hasta millones de individuos. Los nidos subterráneos pueden pasar desapercibidos de no ser por la acumulación superficial de partículas del suelo que las termitas han removido al excavar sus galerías y construir las cámaras. Los nidos epígeos son, sin lugar a dudas, los más espectaculares. Se yerguen sobre el suelo como rascacielos de tierra cementada con la saliva y los excrementos de las termitas. Pueden medir 3 o 4 metros de altura y nada en su estructura es aleatorio. Si se observan con cuidado, todos se orientan al norte lo que les confiere ventajas térmicas. La temperatura dentro del nido siempre es varios grados menor que en el exterior, algo vital para la supervivencia de los huevos.


Las termitas son muy sensibles a los cambios en la humedad y de hecho, aunque parezca contradictorio viviendo en el trópico y subtrópico, el exceso de agua las afecta negativamente. De modo que, en los bosques lluviosos tropicales, son más activas durante los periodos secos que en los lluviosos. Sus nidos también presentan características que los protegen de la humedad excesiva.


Famosas por su apetito por la madera


Algo que comparten todas las especies de termitas es su gusto por la madera, pero la madera es rica en celulosa y lignina, compuestos de difícil digestión. La mayoría de las especies forman asociaciones mutualistas obligatorias con microrganismos (bacterias, arqueas, protistas y hongos) que sí son capaces de digerirlos. Estos microorganismos son “sembrados” en los nuevos miembros de la colonia (crías) por las obreras a través un proceso denominado trofalaxia (transferencia de alimento boca a boca).


La afición de las termitas por la madera las convierte en seres temibles para los humanos. Mencionarlas cuando se vive en una casa de madera puede provocar escalofríos. El daño que pueden causar a los postes de alumbrado y telecomunicaciones va desde el económico a la pérdida de vidas humanas (por la caída de los postes dañados), especialmente en países con gran número de especies o con colonias grandes.


Las termitas también pueden ocasionar pérdidas importantes en la silvicultura. En América del Sur, las termitas causan daños graves en los cultivos de eucalipto, arroz de montaña, caña de azúcar, mandioca, café, algodón, árboles frutales, maíz, maní, soja y hortalizas. Pero además, los montículos producidos por las termitas dificultan el funcionamiento de las maquinarias agrícolas. En África oriental y Asia septentrional las plagas de termitas pueden causar la pérdida de algunas cosechas.


A los daños causados por las termitas autóctonas se unen los de las invasoras. Por ejemplo, la termita de Formosa, Coptotermes formosanus, se convierte en una verdadera máquina de destrucción en los lugares que invade. Una colonia puede contener varios millones de individuos y consumir hasta 400 gr de madera al día. Esta termita no solo daña las infraestructuras sino algunos cultivos y árboles urbanos. Se estima que en Nueva Orleans (EE.UU.) ha dañado la mitad de los 4000 robles históricos de la ciudad, y además amenaza a casi todos los edificios en el casco antiguo. Solo en esta ciudad produce daños superiores a 300.000 millones de dólares al año. Lo más terrible es que una vez establecida es prácticamente imposible erradicarla.


Debido a que la madera es un elemento rico en carbono, las termitas son responsables de al menos 30% de las emisiones de metano y 2% de las emisiones de carbono a nivel global, aunque esto es insignificante en comparación a nuestra capacidad para liberar ambos gases a la atmósfera. Sin embargo, a pesar de su mala fama, solo 6% de las especies de termitas es dañino para las actividades humanas. En América del Norte hay 18 especies subterráneas que están catalogadas como plagas; en América Central y las Antillas hay 17; en Australia hay 16; en el subcontinente indio son 26, y en África tropical, 24 especies. El género Coptotermes posee el mayor número de especies consideradas como plagas (unas 28).


La otra cara de la moneda


Las termitas ofrecen muchos servicios ecosistémicos, tantos y de tal calibre que bien pueden compensar los daños que ocasionan las especies nocivas. Las termitas, como algunos otros animales y plantas, pueden ser buenas bioindicadoras de la biodiversidad y de la salud de los ecosistemas tropicales. La abundancia y diversidad de termitas en un bosque incrementan con su salud y disminuyen cuando es perturbado.


Las termitas son grandes ingenieras de los ecosistemas. Por ejemplo, las que tienen hábitos subterráneos construyen galerías en el suelo y modifican su estructura (fenómeno denominado bioturbación). Al cavar sus galerías remueven grandes cantidades de tierra y seleccionan ciertos tipos de partículas que favorecen la infiltración del agua. En consecuencia, se reduce la escorrentía y la erosión del suelo. La remoción de partículas también airea el suelo y favorece los procesos aeróbicos importantes para la microfauna y la flora del suelo.


Se estima que una colonia que contenga 15 kg de termitas puede remover unos 250 kg de suelo y varias toneladas de agua en un año; sin duda, los beneficios son incalculables. Pensemos por ejemplo en la una red de termiteros descubierta recientemente en el bosque seco de Caatinga en Brasil. Esta red de montículos y galerías inerconectadas abarca unos 230.000 km2, lo que equivale a la superficie de Gran Bretaña, y contiene 200 millones de nidos. Se estima que en el proceso de crecimiento de esta red, que ha durado unos 4 milenios, las termitas han removido 10 km3 de tierra, un volumen equivalente a 4000 pirámides de Giza. Aún queda por descubrir el valor ecosistémico de esta red de termiteros, aunque no es difícil proponer algunos.


Las termitas también son beneficiosas para la productividad de los ambientes naturales y para la agricultura. Las termitas descomponen la materia orgánica, liberando macro y micronutrientes que enriquecen el suelo y aumentan el rendimiento de los cultivos. De hecho, las termitas pueden recolonizar la tierra sin cultivar que contenga rastrojos de cultivo e iniciar los procesos de recuperación ecológica, aunque el efecto favorable de las termitas puede tardar muchas décadas en observarse.


Las termitas son de importancia capital en las sabanas africanas. Recientemente ha quedado al descubierto que las termitas son los animales más importantes de estos ecosistemas. Las colonias de termitas funcionan como auténticas islas de fertilidad: las plantas crecen más rápido cuanto más cerca están del nido, probablemente debido a que los niveles de nutrientes como el fosforo y el nitrógeno también son más elevados; la abundancia, diversidad y tasa reproductiva de insectos, reptiles pequeños, herbívoros y depredadores también es mayor cerca que lejos de ellos.


Todavía queda un elemento crucial en su valor para las sabanas. Las imágenes de satélite han revelado que los nidos están distribuidos uniformemente formando una cuadrícula bien organizada. Esto implica que todos los puntos del paisaje están relativamente cerca de algún nido, y en consecuencia, la productividad global del ecosistema es mayor que si estuvieran distribuidos al azar. Al final, todo el ecosistema se beneficia y depende de la estructura social y espacial de las termitas, uno de los animalitos más pequeños de la sabana africana.



Las termitas también pueden proteger los bosques tropicales frente al cambio climático. Uno de los efectos del calentamiento global es el incremento de la intensidad y la frecuencia de los eventos de sequía. La sequía incrementa la mortalidad de árboles y vástagos, reduce la descomposición de la materia orgánica y el flujo de nutrientes en el suelo. Esto a su vez, afecta la dinámica de los ecosistemas, su diversidad y su papel en el ciclo del carbono, entre otros procesos.


Los resultados de un estudio realizado en un bosque tropical en Malasia, durante el fenómeno de “El super Niño” 2015-2016, indican que las termitas pueden mitigar esos efectos. En los parches de bosque con termitas se incrementó la tasa de descomposición, la heterogeneidad de nutrientes en el suelo y la retención de humedad en comparación con los parches desprovistos de ellas experimentalmente. De hecho, el estudio demostró que las termitas fueron responsables de toda la descomposición promovida por macro invertebrados; en las parcelas sin termitas, los otros invertebrados no pudieron compensar el efecto de su ausencia en la descomposición. Además, en las parcelas con termitas se mantuvo la supervivencia de las plántulas nuevas, mientras que en las parcelas sin termitas se incrementó su mortalidad. Sin embargo, el efecto protector de las termitas podría ser menor del esperado debido a que muchos bosques tropicales ya han sido perturbados y las poblaciones de termitas no se encuentran en el mejor estado.


Valor agregado de las termitas


Es paradójico que los mismos animalitos que pueden causar tantos daños a los humanos puedan contribuir a resolver o al menos mitigar los problemas derivados de la necesidad de cambiar nuestro modelo de producción de energía. El etanol de celulosa, un combustible elaborado a partir de material vegetal no comestible, podría reemplazar la mitad del consumo de gasolina en EE.UU. si su producción pudiera hacerse más eficiente y rentable de lo que es actualmente.


El análisis de las bacterias en el sistema digestivo de las termitas, y específicamente de las enzimas que les permiten transformar la celulosa y la lignina en azúcares fermentables, ha abierto nuevas vías a la mejora en la producción de etanol celulósico. Por ejemplo, una cepa de la bacteria Streptomyces sp. (la MS-S2 en el sistema digestivo de la termita Microcerotermes sp.) posee enzimas capaces de degradar y sacarificar la paja del trigo (uno de los desperdicios agrícolas más abundantes) para favorecer la liberación de azucares que pueden ser convertidos en etanol posteriormente. Si estas y otras investigaciones tienen éxito, su aplicación biotecnológica será enorme pues la biomasa de celulósica es un recurso super abundante y ubicuo. La transformación de la lignocelulosa es el proceso más costoso para la producción de etanol celulósico a gran escala.


Por si todo lo anterior fuese poco, en algunos países donde la desnutrición sigue siendo un problema, las termitas son una fuente de proteína importante. Los alados (termitas de nuevas generaciones que salen del nido a reproducirse y formar nuevas colonias) y las reinas (muy difíciles de conseguir) son los individuos más apreciados, por su sabor y alto valor nutricional (ricos en grasas y proteínas); por supuesto, se consumen cocidos.

Pero, quizá, el valor alimenticio de las termitas no resida solo en comérselas sino en aprovechar los hábitos de unas termitas muy particulares. Las termitas de la subfamilia Macrotermitinae (12 géneros y 350 especies) son las únicas que no dependen de los simbiontes intestinales para su nutrición. Las macrotermitinas han optado por la agricultura, específicamente por la fungicultura, una afición que comparten con algunas hormigas cortadoras de hojas (géneros Atta y Acromyrmex), los escarabajos de la ambrosía (unas 3000 especies de las familias Scolytinae y Platypodinae) y los caracoles de las marismas. Las termitas fungicultoras colectan material vegetal, lo mastican y maceran en su sistema de digestivo y luego lo defecan en cámaras especiales en su nido. Allí se desarrolla el micelo del hongo que finalmente sirve de alimento a las termitas.


Las termitas fungicultoras cultivan específicamente un tipo de hongo del género Termitomyces que tiene alto valor proteico para ellas y para los humanos. Una vez al año, los micelos producen champiñones que crecen en la superficie, fuera del nido. Los champiñones de Termitomyces titanicus son gigantes; su sombrero puede alcanzar un metro de diámetro. Este champiñón se recoge para su consumo en las áreas rurales de África y el sudeste asiático, y en China se vende como un manjar en muchos mercados. El cultivo in vitro del micelo para producir champiñones para el consumo humano todavía está en las primeras fases, pero, de lograr superarlas, podría representar una fuente de proteínas muy importante, ya que contiene más por gramo que la carne pollo y otras fuentes animales.



Ciertamente, las termitas causan daños a la infraestructura y la agricultura que debemos controlar a través de los medios menos nocivos para el ambiente. Sin embargo, quizá podemos comenzar a asociar la palabra “termita” con los servicios anónimos que nos ofrecen directa e indirectamente. La próxima vez que nos encontremos con una hilera de obreras o un enjambre de alados, podemos detenernos a apreciar a estos aliados silenciosos de los ecosistemas de los que dependemos.


Créditos fotos:


Obreras y alados en un nido de Nasutitermes sp. por Bernard Dupont en Wikimedia Commons

Termitero epígeo y guepardos en una sabana de Namibia por Lothar Herzog en Wikimedia Commons

Termitomyceps titanicus por Blimeo en Wikipedia


Autora: Zaida Tárano Miranda Divulgadora Científica Colaboradora Provita Internacional


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