Biodiversidad urbana: convivencia posible y necesaria

El término biodiversidad urbana se refiere a todas las formas de vida (plantas, animales, hongos, algas, protistas) que están presentes en los espacios urbanos. Las especies que constituyen esa diversidad pueden provenir de los ambientes originarios que fueron ocupados por la ciudad (biodiversidad cautiva), haber sido atraídas a la cuidad por las actividades antrópicas (biodiversidad atraída) o haber sido favorecidas por las actividades humanas (biodiversidad inducida).


La biodiversidad y el urbanismo típicamente, y no sin razón, se consideran antagónicos. El impacto de las ciudades sobre los ecosistemas naturales, sean cercanos o lejanos, es harto conocido. El urbanismo invade y destruye el paisaje nativo, sustituyendo el suelo por concreto y asfalto, los árboles por edificios, los ríos por acueductos y cloacas, las lagunas por rellenos y piscinas, y si queremos exagerar un poco, las estrellas por faroles. Las ciudades, además, generan desechos de todo tipo (sólidos, gases y líquidos) que afectan a los ecosistemas aledaños. Pero el impacto de una ciudad también puede sentirse a cientos o miles de kilómetros, por ejemplo cuando los desechos son vertidos en los ríos y finalmente llegan la mar. Asimismo, los recursos que las ciudades necesitan se extraen de ecosistemas naturales que quedan fragmentados o golpeados en su diversidad y funcionamiento. Nadie debería sorprenderse si decimos que las ciudades son los grandes centros de consumo de los recursos naturales del planeta.


Mientras que la superficie urbana se incrementa a un ritmo tal que para 2030 habrá triplicado la existente al inicio del siglo, la disminución de la biodiversidad también avanza indetenible. Las mismas ciudades pueden ser lugares inhóspitos y peligrosos para la vida silvestre que se aventura en ellas. Por ejemplo, muchas especies de aves migratorias se desplazan durante la noche, y las ciudades llenas de luces representan un rompecabezas indescifrable que desorienta a muchos individuos. Por si esto fuera poco, los edificios y las torres de comunicaciones son un paredón mortal para las aves, que no cuentan con un sistema de sonar como los murciélagos. Por su parte, las autovías de alta velocidad son la guillotina de un porcentaje significativo de mamíferos, anfibios y reptiles que intentan cruzarlas.


Las personas también somos ruidosas y activas, y aunque como especie somos diurnas, la realidad es que la noche ya no es un freno para nuestra actividad. Así, ni de día ni de noche dejamos espacio para las otras formas de vida que conviven o intentan convivir con nosotros en las ciudades.


La vida es testaruda


A pesar de estos azares, la biodiversidad y el urbanismo, también coexisten, en cierta medida. Dentro de las ciudades vive una variedad de especies que se han acomodado bien a las condiciones de la ciudad, como las palomas bravías (Columba livia), las ardillas (Sciuridae) y las ratas (Rattus norvegicus). Pero también podemos encontrar allí especies de los entornos circundantes que toleran las condiciones urbanas y las visitan regularmente o que aprovechan los recursos que generan las ciudades. Por ejemplo, los aleros de los techos pueden ser espacios ideales para los nidos de algunas aves, y los contenedores de basura son el bufé de las gaviotas en muchas ciudades costeras.



Por paradójico que resulte, algunas especies sobreviven mejor hoy en las ciudades que en su ambiente original. La alta densidad de presas en las ciudades, especialmente de roedores, parece ser una de las razones del éxito de algunas aves raptoras como el halcón de Cooper y el halcón peregrino en las ciudades. No es que las ciudades sean la panacea, solo que ahora son mejores que sus ambientes nativos, donde sufren el efecto de los pesticidas, al consumir presas intoxicadas, de la fragmentación de su hábitat, e incluso de la escasez de presas. Otro elemento a su favor es que pueden acomodar sus nidos en los tejados, jardineras y azoteas, con lo que la torta para los halcones está completa: casa y comida en la ciudad.


El efecto de ciertas construcciones sobre las poblaciones de murciélagos en Norteamérica es ya emblemático. La colonia de urbana de murciélagos más grande del mundo vive entre las vigas de concreto del puente de la Avenida del Congreso en Austin, Texas (EEUU). Más de 750 mil de hembras del murciélago migratorio, Tadarida brasiliensis, procedentes de México, pasan los meses cálidos, desde marzo a octubre, en Austin. Allí dan a luz a sus crías, y las alimentan hasta que llega el momento de regresar a México, cuando el tamaño de la colonia puede alcanzar casi millón y medio de animalitos.


Los edificios abandonados son un lugar ideal para un sinfín de murciélagos y aves como el vencejo común (Apus apus), que pasa 70% de su vida en el aire y solo se detiene para nidificar y criar. En las ciudades lo hace en los agujeros de las paredes, en las fisuras entre ladrillos y piedras. Es una especie muy ligada a los humanos, en las ciudades y en los entornos rurales. Por eso mismo, cualquier cambio que hagamos en nuestra infraestructura afecta su supervivencia en el periodo más vulnerable.


Dependiendo del tamaño y las características del centro urbano y su continuidad con los espacios naturales, en algunos lugares del planeta, ciervos y renos pueden aparecer en los jardines de las casas en algunas épocas del año. Durante el confinamiento decretado en muchos países del mundo debido a la epidemia de Covid-19, muchas especies de fauna periurbana que típicamente no vemos en las ciudades comenzaron a llenar los espacios que los humanos dejamos vacíos: gansos, ciervos, búhos y lechuzas, garzas, zorros y muchos más. Nuestras ciudades fueron, temporalmente, más biodiversas.



En cuanto a las plantas, muchos de nosotros las hemos visto crecer en los lugares más insólitos de nuestro mundo prefabricado: en los canalones de agua de los tejados, entre las tejas, en las fisuras de las estructuras de concreto y en los postes de alumbrado público. Sin duda la vida silvestre es testaruda e invade los entornos de los que fue empujada por la urbanización.



Una convivencia tensa a veces


Debido a que las ciudades se asientan en todo tipo de ambientes naturales, las incursiones de fauna silvestre pueden ser diversas y no siempre bienvenidas. Mientras que las visitas de marmotas (Sciuridae) y petirrojos (Erithacus rubecula) pueden ser recibidas con algarabía, las de boas, osos o elefantes no lo son tanto. En los últimos años, en algunas ciudades de España, algunos grupos de jabalíes (Sus scrofa) han llegado hasta los portales de las casas y locales comerciales. Siendo una especie de cierto porte y fama, su llegada genera inquietud. Ciertamente, los humanos no estamos muy dispuestos a compartir nuestras ciudades con muchas de las especies de los alrededores. Pero de igual manera, para muchas especies aledañas nuestras ciudades nunca serán lugares deseables.



Muchas especies de plantas locales se adaptan bien a los entornos urbanos pero otras no y, aunque lo hagan, su presencia no siempre será favorable para las personas, directa o indirectamente. En los años 50 se decidió plantar jabillos (Hura crepitans) en muchas calles y avenidas de Caracas (Venezuela) por tratarse de árboles frondosos que proveen de buena sombra. Pero los jabillos son árboles enormes, de raíces profundas y fuertes capaces de levantar aceras y calzadas y romper acueductos, y por tanto requieren mantenimiento constante. Además, el tronco está cubierto por espinas gruesas capaces de producir heridas de importancia. Cuando por falta de poda, una rama de jabillo se desprende, los daños a las infraestructuras pueden ser considerables; sin duda no fue una buena idea llevarlos a ciudad. La planificación, el trabajo multidisciplinar (biólogos, urbanistas, autoridades locales, comunidad) y el mantenimiento son fundamentales para evitar experiencias contraproducentes.


La importancia de fomentar la biodiversidad urbana


Conservar la biodiversidad se asocia siempre con preservar los ecosistemas naturales, pero en las últimas décadas se ha comenzado a propulsar la idea de que los entornos urbanos pueden ser piezas clave en el proceso. Por ejemplo, ya se ha documentado un aumento del número de especies e individuos de aves migratorias invernales en muchas ciudades de los Estados Unidos de América, probablemente debido al efecto de isla de calor de las ciudades. En Australia, se ha encontrado mayor biodiversidad de especies amenazadas en algunas ciudades que en los ambientes naturales. Estos hallazgos no niegan, sin embargo, que la biodiversidad urbana y la densidad de flora y fauna son menores en las ciudades que en ambientes no urbanizados, y que la flora urbana tiende a uniformizarse en nivel global, pero apunta a un efecto potenciador en algunos casos. El tema es controvertido pero las evidencias están allí.


La biodiversidad urbana es la primera, por no decir que en muchos casos, la única fuente de experiencia natural para las personas que viven en las ciudades. Esta experiencia tiene el potencial de influir en sus actitudes hacia la conservación en general, dentro y fuera de las ciudades, y también en su comprensión del valor de la vida silvestre. Además, la interacción con la biodiversidad urbana tiene efectos positivos sobre la salud emocional y física, la cohesión social y el sentido de pertenencia a la comunidad. Por tanto, fomentar acciones que protejan y mejoren la biodiversidad en las ciudades, a la par con acciones ciudadanas de experiencia directa con esa diversidad es siempre deseable.


En muchas ciudades ya se organizan recorridos de observación de aves en parques públicos o entornos verdes. Como resultado, las personas no solo descubren un mundo que les había pasado desapercibido, sino que se convierten en protagonistas de la ciencia ciudadana. Por ejemplo, en la plataforma eBird las personas pueden reportar los avistamientos de aves en cualquier lugar del mundo, lo que está permitiendo generar una base de datos colosal que puede utilizarse con muchos fines, como hacer seguimiento de las migraciones inter y transcontinentales de muchas especies y actualizar el rango de distribución de muchas más. A la par, muchas ciudades cuentan ya con sus propias listas de aves, anfibios, reptiles, mamíferos, insectos y plantas. Todos estos recursos tienen un valor incalculable para los ciudadanos y también para fomentar un tipo de turismo ecológico urbano.



Para cuidar y mejorar la biodiversidad urbana es necesario diseñar una infraestructura verde bien pensada para la ciudad. Pero no basta con llenarla de árboles y flores, sembrar arbustos en el patio o crear techos verdes. Lo realmente importante es que esos entornos sean diversos florísticamente y ofrezcan refugio, alimento y sitios para reproducirse a la fauna. Por ejemplo, para conservar la biodiversidad en las ciudades, los árboles nativos son más beneficiosos que los exóticos. En Europa y Norteamérica, el roble (Quercus), un árbol autóctono, da sustento a infinidad de insectos en todos sus estadios de desarrollo y también a muchas aves canoras propias de esas localidades. Pero lo más interesante es que el efecto positivo del roble llega hasta las poblaciones de peces: las hojas de los robles depositadas en los fondos de lagunas y ríos sirven de refugio y alimento a invertebrados acuáticos que a su vez son consumidos por los peces. Una acción tan sencilla como sustituir ciertas especies de plantas exóticas en parques y avenidas por especies locales de alto valor biológico tiene un impacto sustancial en toda la biodiversidad urbana y en la de los alrededores.



Hacer que las ciudades sean más amigables para la fauna no necesariamente requiere cambios drásticos en las zonas verdes o mayor espacio arbolado. Algo tan sencillo como permitir que crezcan y se desarrollen corredores naturales de arbustos nativos entre los jardines de viviendas aledañas o poblar los setos (cercas vegetales) con arbustos autóctonos puede ser una medida muy eficaz. Cortar el césped con menos frecuencia y dejar que las plantitas florezcan favorecerá a infinidad de insectos polinizadores y a otros invertebrados que son alimento para aves, reptiles, anfibios y mamíferos. El cultivo de jardines escolares y huertos comunitarios es una medida muy efectiva para incrementar la biodiversidad urbana, a la vez que reporta beneficios sociales. Colocar plantas con flores en las medianas de las autopistas y avenidas en lugar de césped, resulta no solo más atractivo a la vista sino beneficioso para aves e insectos.


Conoce y cuida la biodiversidad de tu ciudad


La concienciación creciente sobre el valor multidimensional de la biodiversidad urbana se refleja en que muchas ciudades cuentan hoy con planes de fomento de la biodiversidad en parques y jardines. ¿Es tu cuidad una de ellas? Estos planes cuentan con actividades ciudadanas para todos los gustos, desde la siembra y cuidado de plantas urbanas hasta la observación de aves. Busca información sobre el plan de fomento de la biodiversidad de tu cuidad, participa en las actividades de encuentro con la naturaleza y descubre los secretos naturales que guarda tu entorno urbano. Las visitas guiadas a parques y jardines botánicos son más que un conteo de especies, son experiencias narrativas, sensoriales y cognitivas que promueven la conciliación entre el desarrollo urbano y la naturaleza poniendo el relieve el valor de ambos elementos en la calidad de vida de los ciudadanos.


Autora: Zaida Tárano Miranda (Colaboradora Provita Internacional).


Créditos fotos:

Personas, gaviotas y palomas: Alexei Maridashvili via Unsplash

Vencejo común: XJochemx.nl via Wikimedia Commons

Venados Sika en el pueblo de Nara: Jakub Hałun via Wikimedia Commons

Árbol creciendo en una pared: via Flickr

Ardilla en el cubo de la basura: Taxiarcos228 via Wikimedia Commons

Iguánido: Althafa dhia syauqi via Wikimedia Commons

Techos verdes: CHUTTERSNAP via Unsplash

Central Park Nueva York: Héctor Argüello Canals via Unsplash

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